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Memoria del aire 
       
Edición 1316
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                          Memoria del Aire 

Marita Troiano: Sigue el vendaval



Tiene, para el tiempo de la poesía, poco de haber aparecido. Sin embargo ya ha logrado posiciones expectantes (como, por ejemplo, haber ingresado, por derecho propio, a la exigente antología Poesía Peruana Siglo XX, de Ricardo González Vigil, suerte de vademécum lírico de la pasada centuria).

Sí, se trata de Marita Troiano que, con apenas tres libros, constituyó todo un vendaval, todo un suceso en el poco apacible mundo de la poesía escrita por mujeres (pero no sólo en él, por cierto).

El hecho es que ella se ha labrado un estilo, en el que nada tienen que ver la calma, el sosiego, la meditación; y todo es, más bien, vorágine, movimiento, conmoción.

Poesía cinética, todo en su verso invita a la pasión, al ímpetu, al incesante discurrir de una existencia inserta en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.

Marita parece que, ansiosa, intenta hacer lo que es imposible: recuperar un tiempo en el que ella no residía en el Parnaso peruano, mientras nosotros le decimos que toda esa época, empero, constituía el fermento para que, ¡por fin!, eclosionara esa poética suya que, ahora, no nos deja tiempo para respirar.

Poesía no apta para cardiacos ni para hipertensos, la que ella hace demuestra, en primer lugar, muy buena salud: lo cual la convierte en una rara avis en un mundo donde medran el pathos, el morbo, lo que se derrumba.

Voto y me adhiero por esa poesía de la salud del cuerpo, de la tromba de los sentidos, del lenguaje caudaloso y desasosegado, que hacen honor, precisamente, al nombre de la editorial que fundara: Carpe Diem, aprovecha el día presente, porque otro igual no vendrá, porque no podrás bañarte dos veces en el agua del mismo río.

Extrasístole, su más reciente criatura (porque no sé si, ahora que escribo estas líneas ya hay otro libro en la puerta del horno) es una confirmación de todo lo que hemos escrito.

Destacamos, en primer lugar, la impecable belleza gráfica de su continente: el papel, exquisito; la diagramación, congruente; las fotos, poemáticas, asimismo.

Y lo que viene adentro: ¡agárrate!

Una poesía en la que se combinan, sabia y sápidamente, los ancestros de la Hélade que tiene la autora (de allí las numerosas citas de autores griegos) con una poética "telúrica y magnética" que viene de aquí, de allá, de acullá: de Lima, de Chincha, de Carmen de la Legua.

Creo que éste es uno de los aciertos definitivos del libro: señalar un mestizaje que es nuestro mestizaje, y conjugar con él para lograr una poesía en trance apresurado de maduración, con versos, con poemas soberbios que resulta dif’cil escoger, aunque me quedo con (entre otros) esta "Balada en el acantilado", que, para variar, tiene una cita de Konstantino Kavafis: "cuerpo recuerda esos deseos/que por ti brillaban en los ojos/y temblaban en los labios".

Y escribe Marita Troiano: "y fue tu cuerpo en aquel tiempo mi jaula/mi sarcófago/la ola inmensa a la que me brindaba/afilabas las fauces/la carne deshaciéndose en la boca/tu cuerpo/noctámbulo y violento/de aventura exquisita..."

O esta otra presea, repito, no apta para hipertensos: "Bésame".

"Con tu abrasante boca/trastornada/enrojecida/desquiciada/baboseando mis esquinas/mis mucosas tan preciadas/en perduradas nupcias con un besar largo y sostenido de corcheas/sabor a vino tinto/a quesos frescos/a miel de caña/a néctar de cerezas".

¡Poesía, ágape de los sentidos!


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